Esa villa marinera

Las gaviotas revolotean sobre las cabezas de los pescadores que como cada día han salido al mar. El sonido de las olas hace de banda sonora mientras un grupo de niños juega y ríe en la calle. El olor a marisco y pescado sale de las cocinas de las casas que tienen la ventana abierta. Y las calles estrechas y empedradas marcan senderos que siempre miran al Cantábrico. Visitar algunos de los pueblos pesqueros de Asturias es sinónimo de sonrisas, de la felicidad que otorgan las pequeñas cosas, esas tan sencillas y tan gratificantes como detenerse a contemplar la grandeza del mar. ¿Quieres saber cuáles son las villas marineras asturianas imprescindibles?

  • Luarca

El sabor marinero de Luarca se percibe, como en ningún otro lugar, en los barrios de la Pescadería y El Cambaral.  Calles estrechas, intrincadas, empinadas y que se sitúan sobre la ladera regalando vistas perfectas al mar.  A Luarca se le conoce como la ‘Villa blanca’ y la estampa que regala su puerto repleto de pequeñas barcas es  toda una maravilla. No debes irte de aquí sin dar un paseo para conocer su arquitectura indiana, sin dejarte sorprender por alguno de sus miradores -como el del Chano- o sin visitar su cementerio, uno de los más espectaculares de todo el país y en el que se encuentran los restos del premio Nobel Severo Ochoa.

  • Cudillero

Pocos pueblos se reflejan en el agua como Cudillero. Recogido sobre la montaña y frente al mar, este pequeño pueblo pesquero hay que descubrirlo poco a poco. Pasear por sus calles y descubrir sus rincones significa acabar el camino, siempre e ineludiblemente, frente al mar y su espectacular puerto. Imprescindible comer pescado y marisco fresco en la plaza de la Marina, contemplar la villa desde sus calles más altas y caminar a la orilla del Cantábrico hasta llegar a su faro.

  • Lastres

Lastres aparece colgado sobre el mar, y es un precioso pueblo de pescadores, de galerías acristaladas y calles estrechas frente al Cantábrico. Es imprescindible pasear por su barrio de los balleneros, por la Torre del Reloj o por su puerto pesquero. Además, sí o sí no puedes dejar de subir al mirador de San Roque, que cuenta con unas vistas únicas de toda la bahía. Una maravilla en la que merece la pena detenerse.

 

 

 

 

 

 

Cantabria, costa e interior para soñar

Tierra donde mar y montaña conforman un equilibrio natural perfecto, Cantabria enamora los corazones de los apasionados del verde, la naturaleza viva, el buen comer y el azul del mar. Apenas 48 horas en la región bastan para conocer algunos de sus muchos encantos y comprobar en primera persona que costa e interior hacen soñar en Cantabria. Si no lo crees, sigue leyendo.

Todo el litoral cántabro está salpicado de pequeñas y hermosas localidades marineras con el olor a agua salada como protagonista. En este viaje te proponemos San Vicente de La Barquera. El largo puente de la Maza que cruza su ría sembrada de barcas, el magnífico telón de fondo de los Picos de Europa que la arropan,  y su entorno, el Parque Natural de Oyambre, componen la estampa más reconocible de esta imprescindible localidad que se consagra como uno de las más bellas de la región.

El municipio seduce desde que nos adentramos por el puente de la villa. Antiguo refugio de pescadores, destaca también por su puebla vieja (Bien de Interés Cultural desde 1987) con un interesante conjunto monumental en el que detenerse a admirar la iglesia de Santa María de los Ángeles, el castillo o los restos de la muralla. Las vistas son simplemente impresionantes. Y después de tanto arte, siempre viene bien algo que llevarse a la boca. La tradición marinera de San Vicente se aprecia también en su gastronomía, con el pescado y el marisco como platos estrella.

A tan solo unos kilómetros de San Vicente encontramos un paraíso. En sus más de 220 kilómetros de costa, Cantabria cuenta con más de 90 playas que hacen las delicias de los apasionados del mar. La cercanía del litoral a las montañas ha dado lugar a una geografía costera escarpada con impresionantes acantilados y playas donde los pastos llegan hasta el mismísimo borde de la arena. Como ejemplo, la playa de Berellín, de color turquesa y con formaciones rocosas llamativas y de gran belleza.

Un espectacular arco de piedra se abre en el horizonte, mientras la playa parece adentrarse tierra adentro. De reducidas dimensiones y con un entorno de espesa vegetación, la playa de Berellín sorprende al turista y le ofrece una imagen impresionante imposible de olvidar. Ningún aficionado a la naturaleza debería perdérsela.

 

Para descansar, podrás pasar la noche en la posada rural Fuente de las Anjanas (a unos pocos minutos de los lugares de los que hablamos). Se trata de una antigua casa de colonos dedicada a la ganadería y propiedad del ducado de Estrada, reconstruida y convertida en morada para huéspedes.

Con vistas a la torre medieval de Estadra, es el lugar perfecto para disfrutar de la tranquilidad, desconectar de la rutina y relajarse. En el porche y el amplio jardín de la casa podrás exprimir todas las ventajas que ofrece la naturaleza.

Este viaje por Cantabria termina en una cavidad única en el mundo y que merece la pena descubrir, la cueva de El Soplao.  De más de 30 kilómetros de longitud, guarda en su interior un auténtico paraíso natural conformado por impresionantes formaciones, entre las que destacan las estalactitas, estalagmitas y las excéntricas. Es precisamente la abundante y compleja diversidad de estas excéntricas lo que hace de El Soplao un tesoro bajo tierra en el mundo. Blancas, enrevesadas e imposibles, nunca has visto nada igual. La galería de los fantasmas, el reflejo perfecto de la cueva en el agua y sus formas sorprendentes te dejarán con la boca abierta. El broche de oro, las vistas que desde allí se divisan. Detente y respira aire puro.